miércoles, 23 de junio de 2010

DEMONIOS...



“Baje las escaleras si de dos en dos,
Perdí al bajar el norte y la respiración
¿Y por la noche que harás?
Las paso descosiendo que hay un arco por tensar…”

Cerré de un portazo escapando de los demonios que acunaban mi duermevela, intenté esconderme de ellos entre el tumulto de caras grises, inexpresivas, cuerpos sudorosos movidos por la inercia entre los que conseguí camuflarme poniéndome a salvo y una vez así seguí avanzando hasta llegar a una playa de una agresividad brutal en la que no encontré ni una sola cara amiga y en esa situación y al no encontrar motivo que me frenara, di dos pasos atrás suficientes para coger la suficiente carrerilla para atravesar una ola de dos metros que nunca surfearía.
Sentía como las olas me golpeaban y cuando pensé que era mi fin fui consciente de que las mismas que pensé que me quitaban la vida, realmente lo que hacían era arrancar el dolor de mi corazón, las cargas de mi espalda y así empecé a nadar con los ojos cerrados mientras las olas me acariciaban haciéndome volver a sentir ese calor semimaternal en mi pecho el cual fue extendiéndose hasta llegar a mi espalda generando un par de alas que me empujaron a salir del agua, y revoloteando sobre amigos que regalaban miradas cómplices y abrazos tan necesarios como el aire.
Seguí volando cada vez más alto y me olvide que mis demonios acechaban esa noche oscura los cuales no dudaron en romperme un ala de un solo ataque certero haciéndome caer sobre un montón de arboles y tojos que generaron más de 28.000 puñaladas naturales de vegetales muertos.
Con la ropa ajada y la piel empapada de sangre sudor y lágrimas me arrastré a casa con las alas rotas, acomodé el sillón tomé un trago y me desvanecí poco a poco con el humo de mi cigarro mientras escuchaba “yo solo busco…”

jueves, 12 de noviembre de 2009

DEJAME IR CONTIGO...



Déjame ir contigo rebelde y risueño,
Déjame ir contigo libre como el viento,
Déjame ir contigo que en ti están mis sueños,
Déjame ir contigo…..
Colgué el teléfono tras una veintena de llamadas y lo dejé en la mesa del despacho, me balancee unos segundos en la silla y escapé de esas cuatro paredes que me absorbían, cerré la puerta y mientras bajaba al portal en el ascensor aflojé la corbata que me asfixiaba, y una vez en el bajo salí a la calle.

Miré a mi alrededor y no viendo un sitio mejor para sentarme, decidí hacerlo en el escalón del portal, saqué de la chaqueta la cajetilla de tabaco y encendí un cigarrillo. Mientras éste se iba consumiendo por una fusión de viento y mis caladas a “caraperro” me fijé en el árbol que tenia delante, el cual había perdido ya algunas hojas acechado por el otoño, al seguir mirándolo vi como una de sus hojas se desprendía del mismo y sin conocer muy bien el motivo, me inundó la tristeza. Quizás fuera por una asociación directa de mi cerebro entre hoja y lágrima o simplemente por la perdida de una parte de aquel ajado árbol, el tema es que con ese sentimiento fui incapaz de apartar la mirada de la hoja.
De repente una bocanada de viento elevó la hoja mientras la acariciaba balanceándola, llevándola de aquí para allá volando entre los arboles, depositándola en el suelo el tiempo necesario para que otra caricia le ayudara a remontar el vuelo.
El sentimiento de tristeza se transformó en envidia y quise agarrarme a esa hoja y volar con ella impulsado por ese viento que le otorgaba en definitiva… la libertad.

domingo, 29 de marzo de 2009

LO PEOR DEL AMOR...


“Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas
las golondrinas muertas en la almohada.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos
el sístole sin diástole sin dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
Remendar las virtudes veniales
Condenar a la hoguera los archivos.
Lo peor del amor es cuando pasa,
Cuando al punto y final de los finales
No le quedan dos puntos suspensivos.”

Volví a casa después de un largo día, me senté en el sillón y apoyé los pies en ese timbal el cual nunca aprendí a tocar pero que cumple perfectamente su función de complemento al reposo. Encendí un cigarrillo y rechacé la reacción instintiva que me llevaba a encender la tele, dí una profunda calada al cigarro, levanté la mirada encontrándome con el techo y mientras escudriñaba las manchas de humedad pude notar como el techo bajaba y me iba aprisionando poco a poco en mi salón, acto seguido ella vino a mi cabeza e instintivamente miré el teléfono pero no había nada no iba a haberlo.

Dí otra profunda calada al cigarrillo que ya estaba mediado y entonces me di cuenta de que por mas que mirara el móvil no sonaría, no habría una llamada que me dijera, “te añoro”, no habría un sms en el que pusiera “que descanses” me di cuenta de que no volvería a ver un mensaje privado al entrar al “tuenti” en el que pusiera “¿quedamos?”.

Le dí la ultima calada “a rás de filtro”, me fui a mi habitación y ví la cama deshecha tal y como la había quedado por la mañana, me puse el pijama sintiendo que había perdido los motivos que antes me sobraban para hacer la cama, para mantener ordenada la casa, que ya no me apetecía mirarme al espejo para calcular si hoy recibiría un “hoy estas guapo”.

Me metí en la cama y noté el frío de dormir solo, entonces miré el teléfono de nuevo pero no había nada ¿Cómo iba a haber sino había sonado?

Volví a levantarme, fui al salón y encendí otro pitillo, algo me faltaba dentro de mi y lo peor era que seguramente era culpa mía, yo solo quería algo especial y no un amor civilizado, dí otra profunda calada a mi pitillo y empecé a pensar en centrarme en el trabajo, los estudios y otros temas pero seguí sintiendo vacio y volví a pensar que seguramente era culpa mía, dí otra calada al cigarro y pensé, “me cago en Sabina”